Ruta de los Labradores

 
 
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Mingorría :: Ruta de los Labradores
La historia y la cultura con la que se identifican los pueblos del Adaja está íntimamente vinculada a sus formas de vida, siendo la agricultura y la ganadería las actividades que han impregnado las señas de identidad de sus gentes.

La realización de las antiguas faenas agrícolas de la misma forma que se hacían hace cientos de años constituye un testimonio vivo que todavía hoy puede contemplarse en la zona de Gallegos y Brieva.

Igualmente, son numerosos los aperos de labranza que se conservan en las casas, corrales, pajares y paneras de las localidades de la zona.

Qué ver
Viejos establos y dependencias agropecuarias, viejos aperos de labranza conservados en antiguos edificios o abandonados en las eras y, sobre todo, las faenas agrícolas que se realizan como antaño en las mismas o en Gallegos y Brieva.

Mingorría
(Valle Amblés y Sierra de Ávila)

LOS SEGADORES

«Cuando las mieses presentaban el color de su madurez y los campos se transformaban en una extensa sábana de oro, aparecían en nuestros pueblos las cuadrillas de segadores; eran hombres curtidos de soles y brisas, provistos de hoces de bien templado acero, las famosas “carboneras” toledanas, y un manojo de dediles de grueso cuero para proteger la mano izquierda, expuesta siempre a las cruentas caricias de la hoz. Venían segadores extremeños o de otras zonas de la provincia que, por ser de clima más cálido, era más temprana la madurez de sus cosechas y terminada su siega se desplazaban a nuestras tierras para lucrar algunos jornales.

A veces llegaba también alguna cuadrilla de gallegos, pero éstos por lo general en grupos numerosos se dirigían a La Moraña, a tierra de Madrid y a los pueblos de La Mancha.

Las cuadrillas de siega se componían de cuatro o cinco hoces y un atero; uno de ellos, por lo general el de más edad, actuaba como mayoral, entraba el primero en la mies e iba depositando sobre el surco las manadas de cereal cortado sobre las que los otros segadores iban dejando las suyas, formando gavillas que el atero recogía y juntaba, poniéndolas contrapeadas para formar el haz que ataba con una lía de esparto de las que llevaba en manojo sujetas a su cintura, atadura que se deshacía tirando del nudo, con lo que era fácil desparramar la mies en la era para formar la parva. Los segadores se dirigían a las tierras muy de madrugada, después de haber desayunado frugalmente en la casa de labor (pan y cebolla, chocolate de morder, aguardiente, jamón o tocino).

Permanecían los segadores en las mieses hasta la puesta del sol, y allí mismo se les suministraban tres comidas en el día: almuerzo (sopas de ajo y longaniza), comida (cocido o algún guisado de carne con arroz y patatas), y merienda (generalmente tacos de jamón o trozos de chorizo, pan y cebolla); cada cierto tiempo, y siempre cuando el mayoral lo decidía, hacían una parada para fumar un cigarro (a veces también se les suministraba el tabaco), beber agua, etc., y fuera de eso no se hacían otros descansos que los correspondientes a las comidas y, eso sí, una breve siesta al mediodía. Puesto el sol, los segadores se reintegraban a la casa de labor, cenaban y se marchaban a dormir al pajar o a alguna panera todavía vacía donde ellos mismos habían situado sendas sacas de paja que les servían de cama».

LAS ESPIGADORAS

«Complemento indispensable de los segadores eran las espigadoras; cada día, cuando los labradores se dirigían con sus carros a las tierras para recoger la mies, muy de mañana, en el arranque de los caminos esperaban grupos de mujeres y niños; una vez informados sobre la parcela a la que se dirigía el labrador, seguían al carro o montaban en él si el gañán se lo permitía y llegados a su destino las espigadoras permanecían en la linde de la tierra mientras se recogían los haces y se cargaba el carro. Terminada dicha faena se desparramaban por la parcela, recorriéndola paso a paso recogiendo las espigas caídas, con las que formaban manadas realizadas con tal mimo que a veces se antojaban ramos de flores; aquellas gentes alegraban los campos con sus conversaciones, sus risas y sus canciones».

EL ACARREO, LA TRILLA Y LA LIMPIA

«Después de la siega se producía el acarreo de las mieses a la era, la trilla y la limpia. El traslado de las mieses se hacía con carros, de ahí la palabra «acarreo». La trilla se hacía con trillos consistentes en tres o cuatro tablones perfecta y rígidamente ensamblados formando un tablero de forma rectangular, uno de cuyos extremos estaba alabeado para permitir su deslizamiento, y la cara inferior cubierta de pequeñas piedras de cuarzo o pedernal cortadas de forma que presentaran finas aristas para que el arrastrarlo sobre la parva cortaran y desmenuzaran la paja a la vez que liberaban las semillas de sus receptáculos. El trillo era arrastrado por una pareja de animales bóvidos o équidos.

La parva se volvía cada cierto tiempo para que quedaran por encima las pajas que no habían sido cortadas, lo que se realizaba con horcas y horquillos de madera exigiendo cierta destreza, y una vez trillada se recogía formando grandes montones que luego habían de limpiarse separando el grano de la paja.

La limpia se hacía también a mano; tal labor se llama aventar, que es dar al viento la mies trillada para que por su acción y el mayor peso del grano cayera éste en un montón inmediato y volara la paja a más distancia en otro montón. Muy de mañana, apenas apuntaban las primeras claras del día, ya estaban los labradores en la era pinchando en los montones, lanzando beldadas al aire para comprobar su fuerza.

La limpia se completaba con el cribado del grano, con lo que se dejaba en el suelo sin granzas ni otras impurezas y apto para ser empanerado.

La aventadora agilizó el trabajo de la limpia, si bien ha de tenerse en cuenta que no fue sin trabajo, ya que la máquina era tan pesada que no había hombre que resistiera más de cinco minutos dando a la manivela, defecto que corrigió el herrero, ajustando en el eje de las aspas dos martillos que se contrapesaban, con lo que la máquina se hizo más ligera y eficaz. La consecuencia más importante de aquella adquisición fue signo indudable de que se iniciaba una incipiente mecanización».

PREPARACION DE LA TIERRA

«Recogidas las cosechas, empanerados todos los granos y encerrada también la paja, se comenzaba a preparar la tierra para un nuevo barbecho y una nueva siembra. La tierra recién cosechada se labraba en una primera vuelta de arado, labor que se llama lazar; después venían otras: binar, terciar e incluso cuartar, que tenían como finalidad remover la tierra para que por la acción de los agentes atmosféricos se enriqueciera adecuadamente. Al mismo tiempo, se repartía en las parcelas barbechadas que no habían sido trascoladas con el redeo de las ovejas, el estiércol procedente de limpiar las cuadras de los animales de labor que se tenía acumulado en basureros situados, casi siempre, en alguna tierra no muy lejana del pueblo; hecha esta labor, y ya metidos en el otoño, se preparaba el terreno para la siembra y el inicio de otro ciclo agrícola.

Se comenzaba por poner el surco a las parcelas, surcos largos y rectos, para lo cual el labrador tomaba un punto en la distancia y hacia allí dirigía su mirada y la marcha de yunta, con lo cual le salían los surcos derechos como velas, y aquí surge la anécdota:

“El bueno de Simeón araba un día en su parcela guiando su pareja de asnos y, fuera por lo que fuera, los surcos le salían torcidos como cuerno de cabra; otro labrador que pasaba por allí le llamó la atención sobre ello; Sime, con su sorna característica, le respondió: –«Es que no veía el punto»; –«Pues, ¿dónde echaste la mira?», demandó el otro. –«Ve allí a aquella cisquera que hay al pie el monte Las Gordillas»; –«¡Pero hombre!, aquello no es una cisquera, es el humo del tren», objetó su interlocutor”».

LA SIEMBRA

«Abiertos los surcos se realizaba la siembra; ésta se hacía a voleo para los cereales y leguminosas de grano menudo, y a chorrillo para los garbanzos. Arrojada la semilla se procedía a taparla, para lo cual la reja del arado abría longitudinalmente el surco cuyas dos mitades caían sobre el hondón de los surcos anterior y posterior, formando nuevos surcos en los que quedaban encerradas las semillas en germinación.

A los inicios de la primavera las siembras estaban urgiendo que se las limpiara de malas hierbas, para lo cual se procedía a la operación del escarde. Por lo general, aquellas mujeres y aquellos niños que en la recolección se dedicaron al espigueo intervienen ahora al escarde por un módico jornal; surco adelante van cortando con una pequeña azada (el azuelo) cada una de las plantas que crecen junto al cereal impidiendo su normal crecimiento; una de ellas, quizá la más dañina, es el vallico o cizaña. Extirpadas las hierbas, las siembras quedan limpias y preparadas para una buena granación».

LOS ANIMALES DE LABOR

Al viajero que recorre y reconoce las bellezas de nuestros pueblos, algunos en progresivo abandono por la falta de presencia humana, todavía le asaltan imágenes de aquellas formas de vida ya olvidadas que son parte de una identidad cultural que se resiste al cambio de los tiempos. Prueba de este arraigamiento a la tierra se ofrece en la contemplación de esas vacas negras que tiran de un carro o un arado guiadas por un hombre ajeno al devenir cotidiano de la modernidad. Esta visión casi irreal, y un tanto cinematográfica, actualmente es un hecho bastante habitual en algunas localidades abulenses, al igual que lo era en los años cincuenta en los campos de toda España.

La utilización de yuntas de vacas en el desarrollo de las tareas agrícolas, que hoy siguen empleando algunos labradores de la provincia de Ávila, constituye una actividad tan identificatoria de los que fue el medio rural no hace muchos años, que no hemos podido por menos que escribir esta ruta en reconocimiento al trabajo con el que agricultores y ganaderos siempre han contribuido a la formación de la historia de los pueblos.

Siguiendo los pasos de Benigno Jiménez, esquilador y segador en Zorita y los pueblos de la ribera del Adaja, lo hemos encontrado en Amavida trabajando con una yunta de vacas. Benigno tiene 75 años y todavía desempeña las pequeñas faenas agrícolas que requieren el cuidado de un huerto familiar o una tierra de garbanzos que cultiva para su propio consumo y el de sus allegados. En este trabajo resulta inestimable la ayuda de una yunta de vacas negras de raza mixta, cruce de vaca lechera y un toro negro, a las que llama «Calceta» y «Bragá»; en otras ocasiones las vacas eran cruce de raza morucha con frisona. La vaca más vieja la compró en la feria de Ávila hace quince años y la más joven es hija de ésta. El mismo Benigno «domó» las vacas y las enseñó a trabajar con el carro y el arado.

En Gallegos de San Vicente (anejo de Tolbaños) acompañamos a Damián Arroyo cuando acarreaba paja y también mientras llenaba un carro de ramajes y leña de las encinas que pueblan los montes que se bañaba en el río Voltoya. Con este mismo carro tirado por una yunta de vacas se empleó durante años como transportista de piedra, la cual era extraída por los canteros de Mingorría y debía cargarse en los trenes que paraban al efecto en la estación de la localidad. Esta actividad de porte de piedra también ocupaba a la mayoría de labradores de la zona que tenían yuntas y carro, por lo que recibían un jornal de veinte a treinta duros. Damián, que ronda los setenta años, mantiene una pequeña cabaña ganadera que pasta en los prados del pueblo, aunque también trabajó como cantero y albañil.

La visión mágica que nos proporciona la imagen del hombre del año dos mil trabajando el campo con la ayuda de vacas negras nos hace recordar, como dice Ramón Grande del Brío («Los animales en el medio rural», 1989), que la conquista de la tierra por obra del hombre no se habría producido de no haber contado éste con la inestimable colaboración de los animales domésticos. Hasta la invención de las máquinas, el transporte y el laboreo de los campos se realizaron mediante el concurso del animal domesticado. Entre el hombre y el animal se forma entonces un todo, en orden a extraer de la tierra el mayor rendimiento, donde se utilizan los servicios del ganado en paridad con los de los miembros de la propia familia del labrador.

El trato de los animales modela un determinado tipo de mentalidad, implica la creación de una especial clase de arquitectura y servicios, y da lugar al desarrollo de una serie de actividades artesanas. Así, en nuestro caso, el labrador llama a las vacas por su nombre («Jardinera», «Morita», «Gacha», «Dorá», «Morucha», etc.), les felicita cuando trabajan bien y les regaña cuando no le obedecen. Las cuadras estaban preparadas para servir de lugar de cobijo y de comedero. Los potros de herrar se disponían con grandes piedras junto a la fragua donde se templaba el hierro de las herraduras. Y los carreteros y albarderos fabricaban los carros, aperos y aparejos que después eran utilizados en las faenas agrícolas. Si bien estos oficios ya han desaparecido en la actualidad, todavía se conservan muestras significativas de artesanía surgidas para facilitar el trabajo del campesino con el ganado.

Los pequeños agricultores y ganaderos que mantienen hoy día yuntas de vacas lo hacen por puro romanticismo, sin un especial interés material o económico, y ello porque no han llegado a integrarse en el proceso de mecanización del campo por la pequeñez del terreno que cultivan. Y esto ocurre en los pueblos serranos donde apenas hay grandes explotaciones agrícolas, contrariamente a lo que ocurre en La Moraña. Así, nuestros personajes yunteros no se plantearon la disyuntiva de elegir entre mulas o vacas, y finalmente entre éstas y el tractor. El mantenimiento entonces de las yuntas obedece también a una fidelidad primitiva por el ganado vacuno del que hoy los labradores que lo utilizan obtienen también leche y terneros, lo cual antes no ocurría dada la dedicación exclusiva al laboreo de la tierra de este ganado.

Los labradores de antaño utilizaban las vacas en las faenas agrícolas porque eran más baratas que las mulas. En los años cuarenta una mula de seis meses costaba catorce mil pesetas, cuando una vaca de tres años valía tres mil. Las vacas del terreno o «terrenas» solían comprarse en la feria de Ávila con tres o cuatro años y se vendían al cabo de otros cuatro, cuando había descendido notablemente su capacidad de trabajo. La yunta solían emplearse para arar, trillar y acarrear, tareas estas en las que también se empleaban esporádicamente caballos y burros. Las jornadas de trabajo de una pareja de vacas solían ser de unas siete horas diarias, durante las que se atendía una media de sesenta obradas de tierra cultivada a lo largo del año, las mulas en este tiempo atendían las noventa obradas.

Las vacas eran más fáciles de domar y más fuertes, cómodas y dóciles que las mulas, pero también más torpes, rendían menos y eran más exigentes con la comida. Las vacas comían unas setenta fanegas de algarrobas con paja al año, que el labrador le echaba en varias «posturas»; las mulas consumían, por su parte, noventa fanegas de cebada y paja. También los carros y aperos de labranza eran distintos según la clase de animal empleado en el trabajo agrícola, aunque el carro de mulas podía ser adaptado con una «ayuda» para que pudiera ser tirado por las vacas.
Rutómetro
Recorrido descriptivo de las faenas agrícolas realizadas tradicionalmente por los labradores, según texto de Teófilo Domínguez (Mingorría 1917-1995).

Además, viajamos con los últimos yunteros y agricultores a la antigua usanza. Por un lado, se recopila el proceso literario de la siembra y la recolección, y por otro se rescatan los personajes vivos que aún mantienen los viejos usos.

Cómo llegar
Los pueblos de la ribera del Adaja tienen fácil acceso por las carreteras que discurren paralelas al río en dirección Arévalo, y en ellos todavía abundan numerosas dependencias agrícolas.

En las eras quedan viejas casetas de aperos y restos de viejos carros, y en Gallegos de San Vicente y Brieva aún perviven las faenas realizadas con vacas y burros.

A estos pueblos se llega desde Tolbaños por Mingorría, o mejor desde la capital abulense por el desvío de Vicolozano, en la carretera de Madrid N-110.
Fotos de la Ruta
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